Por: Juan Alejandro Tapia

Que no veía, llegaron a decir. Que era hora de buscarle un reemplazo, propusieron luego de algún gol de larga distancia o una salida en falso. Que su liderazgo se había vuelto nocivo, aseguraron tras la partida de Alberto Gamero de la dirección técnica. Es la forma particular que tiene la afición del Junior de tratar a sus ídolos: con amor y odio por partes iguales, y la relación con el portero uruguayo Sebastián Viera ha sido así durante sus ocho años en el club, aunque ahora, con los juegos pirotécnicos de la celebración del título todavía retumbando en la cabeza, parezca un matrimonio que pasa por su mejor momento.

Vuela Viera como impulsado por las dos alas estampadas en su camiseta. “El ángel del arco”, lo bautizaron desde que se paró en el centro del pórtico de su amado Nacional, el ‘bolso’, allá en Montevideo, con su cara de niño bueno y la gorra que lo acompañó durante los primeros años de su carrera. “¡Clark Kent!”, grita el narrador de la televisión colombiana al verlo estirar los brazos para llegar a una pelota imposible, como Superman. Porque imposible era desviar ese disparo con chanfle de Juan Fernando Caicedo el domingo en la final contra el Medellín. Fue la mejor atajada de un juego con muchas atajadas, no por la potencia sino por la falta de visión panorámica. Tapado como estaba por sus compañeros, Viera no pudo observar el instante en que el balón partió del guayo del atacante rival, o quizá sí, porque el instinto para un arquero viene a cumplir la misma función que los rayos X para ver a través de los cuerpos que posee el superhéroe de capa roja y traje azul.

Son las alas que, tras su primer año en el equipo y la obtención de la séptima estrella en Manizales, con una actuación fulgurante que incluyó detener un penal, empezaron a aparecer en las tribunas del Metropolitano. Por primera vez la indumentaria del arquero adquirió relevancia, y aún hoy, dieciséis ligas después, se vende en las calles y en los puntos oficiales como un símbolo más de la institución. Porque tener la camiseta de Viera, y eso hasta sus críticos lo saben, es lo mismo que lucir con orgullo la rojiblanca.

Aterrizó en Barranquilla con pinta de modelo y sin saber muy bien a dónde llegaba. Había disputado con el Villarreal una semifinal de Champions -estuvo ahí cuando Riquelme botó el penal frente al Arsenal-, y por esas cosas del destino su carrera en Europa se vio truncada. Una lesión lo privó de ir a Inglaterra y lo mandó a Grecia, de donde dio el salto a una ciudad y un club que no figuraban en el mapa, con el deseo secreto de estar cerca de casa y tal vez abrir una puerta para regresar a su ‘bolso’ del alma. El domingo, en el gramado del Atanasio Girardot, con ocho carnavales entre pecho y espalda, festejó el título como el más currambero de todos, era un Mickey Mouse convertido en marimonda.

Nunca dejará de ser uruguayo, pero ya echó raíces acá. Tiene esposa e hijo barranquilleros y su nombre está grabado en la historia de un equipo que no representa a una ciudad ni a una región sino a una forma de ver y asumir la vida. Es el mejor arquero de todos los tiempos, digan lo que digan de Delménico o Pazo. Los supera en títulos, continuidad, preponderancia y hasta en goles marcados, porque no solo los tapa, también los mete en el otro lado.

Este semeste lo empezó en la banca. Sus días en el Junior, decían, estaban contados. Pero con seguridad y boca cerrada se impuso a las habladurías y hasta a sus propias fallas, que las tiene, como cualquiera que se pare bajo el marco. Es un portero serio, de la vieja escuela ‘charrúa’, de los que regalan un palo en los tiros libres y privilegian la ubicación a la agilidad. Mejor dar un paso a tiempo que saltar, parece ser la herencia genética uruguaya. Como Máspoli, Mazurkiewicz o -para los hinchas del Junior de la vieja guardia- Lorenzo Carrabs. 

La llegada de otro histórico del arco ‘tiburón’, José María Pazo, lo obligó a demostrar que había Viera para rato. En su rol de preparador de arqueros, el cesarense, dos veces campeón con el Junior y uno de los referentes de la época dorada del ‘Pibe’, Mendoza, Pacheco y Valenciano, lo exigió como no lo habían hecho sus antecesores y sacó lo mejor de él. Al final de la temporada, cuando una lesión lo obligó a ausentarse de dos juegos vitales, hasta los que pedían a gritos su partida reconocieron que se habían precipitado. 

Todavía le queda un año de contrato. La de 2019 puede ser su última temporada en el club al que le ha entregado los mejores años de su carrera y en el que ha dejado una huella imborrable: la de sus alas extendidas para bajar del firmamento futbolístico la séptima y la octava estrella.