Por: Juan Alejandro Tapia

Sorprende y llena de orgullo caminar por el Malecón del Río, eso hasta los contradictores acérrimos del alcalde Alejandro Char -que los hay, aunque no aparezcan en la prensa- tienen que reconocerlo. Podría tratarse, respetando otras opiniones, de la obra civil más importante en la historia de Barranquilla, y la de mayor impacto para sus habitantes. Gracias a ella, o a partir de ella, la ciudad ha empezado a recorrer el camino de capital industrial y comercial -lo primero hace rato dejó de serlo, sólo se mantiene el recuerdo de su época dorada- a destino turístico infaltable en las visitas a la Costa. Si Cartagena tiene sus murallas y Santa Marta sus playas, Barranquilla, hace casi dos años, cuenta con su Malecón.

Los primeros en quedar con la boca abierta al constatar la magnitud de la obra son los propios barranquilleros, en especial los que residen en otras regiones del país o fuera de este, quienes no dan crédito a la transformación de una zona que estaba abandonada a su suerte. Son ellos los principales promotores de los nuevos atractivos turísticos con el voz a voz y las redes sociales.

La temporada navideña de este año ha representado un salto de calidad con la iluminación, una de las mejores del país y que desde ya proyecta a Barranquilla como futura capital de las luces decembrinas en disputa con Medellín. El circuito de alumbrado, junto al río Magdalena, es el plan preferido por estos días tanto de locales como de turistas, lo que se ve reflejado en los trancones kilómetricos para llegar al Malecón y continuar el recorrido hacia la Ventana al Mundo, otro nuevo ícono de la ciudad, que tiene a su lado el árbol de Navidad más alto de Colombia.

La peregrinación de visitantes ha desbordado las expectativas de los más optimistas dentro de la administración distrital, lo que demuestra que a la inversión realizada en figuras religiosas y asociadas a la época, como árboles, cajas de regalo, renos, trineos y muchas más, no hay nada que objetarle. Basta ver las expresiones de alegría en los rostros de los niños y el deslumbramiento de sus padres para comprobarlo. Pero lo anterior no quita que el operativo de movilidad esté fracasando, precisamente, por la afluencia masiva, y las medidas tomadas por la Secretaría del ramo -si es que las ha tomado- no hayan servido de nada. Quizá lo que pueda hacerse para este año ya sea poco, pero a futuro, dada la proyección del espectáculo de luces, debe privilegiarse el ingreso en buses turísticos, vehículos tipo ‘van’ o en Transmetro, antes que en carros particulares.

Otro lunar es la entrada por el Centro de Eventos Puerta de Oro, obra que, a propósito, sigue sin concluir y en algunos pedazos da la impresión de estar destinada a convertirse en un ‘elefante blanco’. Pero ese es otro tema. Por lo pronto, ya es hora de que el puente levantado sobre andamios sea derribado para dar paso a una construcción que dé la bienvenida a los visitantes como lo merece el Malecón. Por mucho que lo llenen de luces no deja de ser una estructura endeble que, incluso, puede poner en riesgo la seguridad de las personas en caso de aglomeración.

La próxima apertura de los locales comerciales construidos recientemente llenará aún más de vida un espacio público que nada tiene que envidiarle al famoso Puerto Madero, en Buenos Aires -que sirvió de modelo-, si se corrigen los problemas de movilidad y se mejora el entorno. Salvo el Puente de la Mujer, que se constituye en un atractivo adicional para esa zona de la capital argentina, lo hecho hasta ahora en Barranquilla es mejor y cuenta con la ventaja natural de un cuerpo de agua como el Magdalena.

Un detalle de mal gusto que contrasta con la visión mostrada para sacar adelante el proyecto son las alusiones, durante el trayecto, al alcalde Char, miembros de su familia y varios de sus funcionarios. Simplemente están de más, y sus asesores o amigos -que parecen ser lo mismo- deberían decírselo. A menos, claro está, de que sean ellos los que patrocinen tamaña muestra de egocentrismo y lambonería.