Por: Robert Barraza

“Mijo, estudie para que sea alguien en la vida” solía decir mi mamá.

Esta frase hizo eco en mi cabeza por muchos años. Y sí que tardé  tiempo en transformar esa creencia y en comprender que ya por el simple hecho de nacer, aún sin tener un nombre, ya era alguien.

Era desde mi etapa de concepción, un ser en el que habitaba el amor, la presencia y la protección. Un ser lleno de talentos únicos y con un gran potencial.

Pero, ¿por qué razón mi madre asociaba el hecho de ser alguien en la vida a una profesión o a un trabajo que diera dinero?

La respuesta estaba en su propia historia, en su memoria emocional, en sus sueños no cumplidos y sus talentos no explotados.

Ella sin saberlo, estaba proyectando en mí todas sus carencias, sus frustraciones; ella quería que yo fuera ‘alguien’, tal vez porque ella no sentía que lo era.

Gracias a este entendimiento de su historia he podido amarla sin enjuiciarla,  entendiendo su coherencia  y disfrutando de su esencia. En pocas palabras le quité las responsabilidades de mi historia.

Elegí hacer lo que me gusta, para lo que había nacido, elegí comunicar y más allá de eso, elegí servir.

Ahora la pregunta para ti estimado lector es: ¿Estás habitando tus propios sueños, o estás viviendo los sueños de otros? Tal vez los de tus padres, los de tus abuelos, el de tu pareja, el de tus hijos.

¿Estás realmente haciendo lo que te gusta?

Cierra por un minuto tus ojos y piensa: ¿Sinceramente me puedo ir tranquilo de este mundo porque logré sacar mi mejor versión? ¿La mejor música y el mejor vino han salido de mí?

Si la respuesta es sí,  continúa dando lo mejor de ti, continúa sirviendo con tu talento a quienes te encuentres en este paso por la vida, sigue haciendo brillar ojos en tu caminar.

Y si la respuesta es no, ¡Te felicito! Reconocerlo es el primer paso hacia la transformación.

Que a partir de hoy, nadie vuelva a ser la misma persona, luego de tener experiencia de ti.

Recuerda, aún hay tiempo de conectar con tu verdadera esencia.