El tambor es un instrumento legendario, el sonar de los cueros a mano limpia electriza a más de uno, estremece el cuerpo de danzantes.

El Alegre y llamador, como se le conocen a dos clases de tambores tradicionales, se funden en ritmos autóctonos de nuestra región y llaman al baile, a la alegría e incluso a la espiritualidad musical.

Pero esos cueros de tambó que suenan hasta reventar, ¿de dónde salen, cómo los procesan, quiénes y cómo fabrican estos instrumentos, cómo preparan estos parches que afinados a punta de estacas dan sonidos singulares?

Saliendo de Barranquilla, a unos cuantos kilómetros, llegamos al corregimiento de 4 Bocas, jurisdicción del municipio de Tubará, una  de las poblaciones turísticas del departamento del Atlántico. A un lado de la empinada vía, nos topamos con un colorido aviso con el nombre de un santo milagroso que se llama San Martín, como reza la canción que para la época de carnaval retumba en los poderosos escaparates musicales que prenden la fiesta en las verbenas.

Y detrás de ese aviso, encontramos una familia completa, cuyos integrantes, usando sus manos, se han convertido en los hacedores de tambó más prodigiosos de la región.

Una de las primeras escenas con las que nos sorprendimos, fue protagonizada por dos hombres que tensaban con sus manos, trozos de pieles de chivo las cuales clavaban en pedazos de madera para luego someterlas a una limpieza artesanal. Esa era el primer paso para ir dejando a tono el cuero que iba a ser instalado en los vasos de madera que terminan siendo unos tambores de gran calidad.

Con la ceiba amarilla se saca el mejor ritmo

Marcos Martínez, es un hacedor de tambó,  reconocido en el Atlántico por la calidad de sus instrumentos de percusión. De la ceiba amarilla hace magia, saca ritmo con una sonoridad particular. Desde sus 14 años, este hombre ha estado en medio de la percusión, gracias al legado de su padre.

Marcos Martínez, Hacedor de Tambó

Marcos Martínez, Hacedor de Tambó

“Yo soy nativo de Tubará, un municipio indígena. Soy, como me dijo una palenquera en un viaje a Bogotá. – A este hombre yo lo conozco, ah, este es el hacedor de tambó-, (risas). Tengo 54 años y desde la edad de 14 ya yo me atrevía a armar un tambor”, expresa Marcos.

Martínez nos cuenta que lo que sabe nunca lo estudió, su técnica para la fabricación de estos instrumentos la perfeccionó como cuando uno ensaya una pieza musical plasmada en un pentagrama para sacar la mejor nota, “Lo que se lo sé empíricamente, aprendí de mi papa y del tío de mi papá que lo enseñó a él. Él fabricaba los tambores en sus ratos libres, cuando yo crecí, él me ofreció quedarme con este legado, y yo me siento orgulloso de lo que hago. No estudié pero con esto sé mucho”, narra mientras va revisando la calidad de los cueros.

Estos son tambores que destilan al ser sonados sabor a África, a las Antillas; son tambores creados desde lo más alto del Atlántico y que llegan con sus ejecutores a estar en los mejores escenarios del país y hasta del mundo.

“Los fabricamos con madera de ceiba, banco y carito. La madera la trabajamos verde, salimos temprano en un burrito que tenemos y la cortamos con motosierra, medimos los trozos de madera, los trazamos con un compás, luego los vaciamos y le damos forma por fuera, luego los traemos ya listos al taller. Llevan piel de chivo, venado, que conseguimos en el mercado. Luego lo ponemos a un día de sol y listo.”

Estos tambores además se caracterizan por su tallado perfecto, el cual también realiza Marcos con sus manos. Otro detalle que suma valor. “Para mí lo importante es que suene bien, el tallado es importante pero me preocupo más porque suene bien. Lo que le hago yo es una vanidad de la persona, el que suena no es el tallado es el cuero, pero trato de complacerlos también en eso.”

Afinación perfecta

Junto a Marcos trabajan hombres que comparten con él la pasión de darle forma a la madera, sacar de un trozo de ella instrumentos como el tambor, alegre, tambora y llamador. Uno de ellos es Adriano Félix Martínez, quien desde hace 35 años trabaja en este oficio, la cuenta de cuantos instrumentos ha fabricado ya la perdió, y la afinación de estos ya es pan comido para él.

Adriano Félix, fabricante de tambores

“Al tambor lo afinan las cuñas, las cuerdas que van templando el cuero. Yo aprendí esto de mi papá, me quedó gustando y seguí pa´lante, dándole. No tengo ningún libro anotado de cuantos he hecho, ya la cuenta se perdió. Ya yo sé cuándo está afinado o no, eso se gana con la experiencia. A nosotros nos buscan porque hacemos los mejores tambores del Atlántico.”, asegura Adriano Martínez.

Madera, puntillas, bejucos, piel de chivo, machetes, cuchillos hay por todos lados en este taller. De aquí salen los instrumentos de percusión que hoy por hoy son conocidos en Colombia como los mejores.

Para los integrantes de esta familia, aportar a la industria musical con el trabajo de sus manos es algo grande. “Con lo que hago me siento feliz y contento, aunque yo mismo no lo toque, yo me siento satisfecho cuando otro lo toca. Esto ayuda a que no se caiga el legado que nos dejó el viejo… Para mí este taller es todo, de aquí devenga mi sueldo. Es como si fuese una empresa”, expresa uno de ellos.

En la industria local de instrumentos de percusión folclórica, el nombre de Marcos Martínez, el hacedor de tambó, es garantía de calidad.