Por: Juan Alejandro Tapia.

Decía Alfred Hitchcock que el cine es como la vida, pero sin las partes aburridas. ‘Roma’, la aclamada película del director mexicano Alfonso Cuarón, demuestra lo contrario. Las acciones más cotidianas dentro de una casa de clase media, como trapear el patio, fregar los platos o recoger la caca del perro, adquieren relevancia en esta cinta que rinde homenaje a las empleadas domésticas y a su papel en la crianza de los niños en millones de hogares latinoamericanos.

Cuenta Yalitza Aparicio, la protagonista, que nunca supo por qué Cuarón supervisaba los colores de la ropa que los actores usaron durante el rodaje, si se filmaba en blanco y negro. Solo cuando vio la película proyectada por primera vez comprendió el motivo de la meticulosidad del realizador, pues el contraste de tonos claros, grises y oscuros no solo cumple la finalidad de transportar al espectador hasta el México DF de comienzos de los setenta, sino que le otorga una pureza visual que permite apreciar cada detalle.

Es el mismo Cuarón que veinte años atrás  saltó a la fama en Hollywood con ‘Grandes Esperanzas’, que si bien fue condenada por un sector de la crítica, se convirtió en una cinta de referencia para la generación de los noventa. Todavía hoy, la escena de Ethan Hawke y Gwyneth Paltrow juntando sus bocas para beber agua de la fuente conserva la magia de aquellos días, lo mismo que el manejo de tomas, secuencias y actores que sembró la semilla para los futuros trabajos del mexicano.

A través de los ojos de Cleo (interpretada por Aparicio), Cuarón reivindica la historia de Libo, la empleada de su casa en la colonia Roma, donde el reciente ganador de dos Globo de Oro nació hace 57 años en una familia similar a la retratada en su película. Y es que, más que fotogramas en sucesión, ‘Roma’ es un cuadro, la obra de un artista plástico en vez de uno audiovisual (como sí lo son  ‘Y tu mamá también’, ‘Los hijos del hombre’ y ‘Gravedad’, algunos de sus títulos anteriores), una pintura de dos horas y quince minutos de contemplación. Basta con detenerse en la escena de Cleo viendo la televisión desde un cojín en el suelo, junto a los patrones y sus cuatro hijos pequeños, acomodados en el sofá, para saber de qué va esto: es la familia latinoamericana de puertas hacia dentro, con sus bondades y defectos, en la que por supuesto no falta un perro.
Su éxito recae en la universalidad de la temática y en su tinte autobiográfico, lo que la vuelve un lugar común para todos los nacidos de México hacia abajo.

Gran parte de nosotros hemos tenido la fortuna de contar con una Cleo. La mía fue bautizada con el nombre de Leticia Parra, pero para mí siempre se trató de ‘Mamalé’, y para mis padres, de la ‘niña Leti’. Desde que abrí los ojos por primera vez hasta que la despedí el día de su funeral, casi cuatro décadas después, fue una anciana de pelo entrecano y caminar encorvado. No tuve tiempo de agradecerle, como hizo Cuarón con la suya, y le perdí el rastro por muchos años, pero recuerdo la alegría que le produjo recibir la invitación a mi matrimonio, y la que me dio a mí al verla llegar a la iglesia con su bastón y de la mano de su única hija.

Pocos días antes de su muerte recibí una llamada de la hija. Me informó que ‘Mamalé’ estaba internada en el Hospital Barranquilla y preguntaba con frecuencia por mí. Me rogó que fuera a verla, que me apurara porque corría el riesgo de no encontrarla. Yo pospuse varios días la visita, preocupado por compromisos laborales y restándole gravedad a su estado. La siguiente llamada fue para decirme que había fallecido y que estaba segura de que a ella le habria encantado verme antes de partir.

Para Cleo, para Libo, para ‘Mamalé’, para casi todos, la vida se construye a punta de pequeñas acciones como enjuagar un trapero, sacudir el polvo o lavarse los dientes cada mañana. ¿Cuántos momentos de esplendor puede acumular una persona a lo largo de su existencia? No muchos, si se compara con esas ejecutorias sencillas que sirven de sostén para los fugaces chispazos de gloria. Y ese es uno de los mensajes que deja la cinta de Cuarón, que donde no pasa nada, pasa de todo.