Por: Juan Alejandro Tapia

¿En dónde quedó la afición del Junior?, ¿en qué momento el hincha rojiblanco cambió la emoción del estadio por la comodidad del televisor?, son interrogantes que por estos días, con el equipo clasificado a la final de la Liga y ad portas de obtener su tiquete para pelear el título de la Copa Sudamericana, generan debate en la prensa local y las redes sociales ante la ausencia de público en las tribunas. Pero, para hallar la respuesta, lo primero es preguntarse si realmente los seguidores del conjunto ‘tiburón’ son tan numerosos y leales como los de otros elencos del país.

“Venimos al estadio los ocho mil de siempre”, es una frase que ha hecho carrera en las graderías del Metropolitano y que refleja la cifra de aficionados incondicionales con los que cuenta el equipo, esos que acompañan en las buenas y en las malas, como, se supone, deben ser los partidarios de una divisa. Son los mismos que corren a comprar los abonos y que prefieren un Junior-Leones a un Real Madrid-Barcelona por la señal de cable. Reconociendo que de por sí el número es bajo en comparación con los seguidores a ultranza de Millonarios, Nacional o Medellín, cabe cuestionarse sobre el papel de los demás, es decir, los que asisten en forma esporádica o cuando el conjunto barrranquillero disputa finales.

Ellos son los que conforman la gran masa de aficionados que puede verse por las calles de la ciudad, los que van con la camiseta puesta al trabajo o a las aulas de clase, y los que condimentan las discusiones sobre el desempeño de los jugadores por Twitter, Facebook o Instagram. Pero, para la mayoría, el viaje al Metropolitano hace rato dejó de ser un plan atractivo o nunca lo fue. Son, en gran parte, pertenecientes a la llamada generación X, que promedia los 40 años, y las posteriores a esta. Sus padres no les transmitieron la pasión del Romelio Martínez porque en el viejo escenario de la calle 72 no había cupo para todos, y cuando se dio el salto al Metropolitano las raíces emocionales no estaban lo suficientemente afianzadas como para soportar una mala campaña. Por eso van cuando consideran que el equipo ha hecho méritos para convocarlos o cuando les da la gana, pero para ellos no es un imperativo moral estar presentes en cada jornada.

Formar parte activa de una era globalizada también ha repercutido en su acompañamiento desapasionado. Son ciudadanos del mundo, y como tal vale lo mismo o quizá más un River-Boca o un Juventus-Milan con Cristiano a bordo, que un Junior-Jaguares. Ya en el plano netamente deportivo, ese contacto permanente con el fútbol internacional ha terminado por distorsionar (¿o ampliar?) su visión de la realidad local, pues muchos esperan comportamientos similares en las canchas nacionales a los que observan de los jugadores que compiten en las prinicipales ligas del mundo. Dicho de otra manera, nuestro torneo es malo, las nóminas de los conjuntos no son atractivas, los errores arbitrales empañan casi todos los partidos, hay estadios que no deberían estar habilitados y el espectáculo, por lo general, es mediocre. Pero no es un problema del torneo en particular, slno de la economía de los países subdesarrollados, y esperar a parecernos a Inglaterra, Francia o España es una utopía para la que primero debemos progresar como sociedad.

En su momento se atribuyó la falta de espectadores a la violencia de las barras bravas y a los actos delincuenciales en las afueras del ‘coloso’ de la Ciudadela 20 de Julio, pero la Policía ha aumentado su presencia con operativos que -a falta de ponerlos a prueba en partidos definitivos como los que se acercan- hasta ahora han garantizado la seguridad. El transporte y las incomodidades dentro del estadio surgen, entonces, como los problemas a corregir por parte del Junior y las autoridades distritales. Es una odisea, para los aficionados con vehículo, llegar al parqueadero del Metropolitano, y cuando se llega casi siempre está cerrado, así los espacios en blanco se cuenten por cantidades. El inexplicable negocio de la reventa de boletas de cortesía a precios mucho más bajos que los autorizados (el tema amerita otra columna), todo hay que decirlo, es uno de los pocos factores que ha contribuido a que las graderías no permanezcan vacías, en una cultura de la ilegalidad como la nuestra.

El equipo y su costumbre de perder las oportunidades que se le presentan para ganar aficionados tampoco puede dejarse de lado. Cada vez que el estadio se llena, Junior suele no responder a las expectativas de la gente que pagó su entrada, y la decepción se convierte en otro argumento para no regresar. Hay momentos para perder, pero hay otros en los que solo cabe ganar. A esto se suma la sequía de titulos, pues ya han pasado siete años desde la conquista de la séptima estrella y, como se sabe, los clubes con más seguidores son los que aparecen con frecuencia alzando trofeos por televisión. ¿Cuántos aficionados podria ganar Junior de consagrase este semeste en la Liga y en la Sudamericana? Miles, de seguro.

Formar una nueva afición es una imperiosa necesidad para la familia propietaria del Junior si no quiere pasar las próximas décadas lamentándose del escaso acompañamiento que, incluso, ha llevado a explorar la posibilidad de retornar al Romelio. Estrategias como el ingreso gratuito de los niños deben regularizarse para consolidar el amor por la camlseta y robarles adeptos a los clubes internacionales. La construcción de un museo dentro del escenario podría contribuir a que grandes y chicos conocieran la historia de la institución y se generaran lazos de pertenencia. Pero es claro que nada traerá más aficionados al ‘Metro’ que la imagen de Viera, Teo, Jarlan, Cantillo, Díaz y compañía con la octava estrella y/o la otra mitad de la gloria.