Por: Juan Alejandro Tapia

Twitter: @jutaca30

Léider, Bryan, Boris, Émerson, Manuel, Luz son algunos de los integrantes de dos colectivos de muchachos que no le interesan a casi nadie. Pero ellos sí están interesados en cambiar, con arte, el rumbo de los jóvenes de sus comunidades.

Viven en Santo Domingo de Guzmán y en la zona conocida como La Cangrejera, en el corregimiento de La Playa. Boris es licenciado en Literatura de la Universidad del Atlántico, y Émerson, técnico en Contabilidad del Sena, pero la falta de empleo los obliga a recoger caracoles por las noches en la ciénaga de Mallorquín. Aunque la semana pasada uno de sus amigos casi pierde una pierna por el ataque de una raya en medio de la oscuridad, a ellos no les queda otra alternativa que vender por libras la carne del molusco si quieren llevar dinero a casa.

Al igual que estos veinteañeros, decenas de habitantes de La Cangrejera salen de sus viviendas cuando el sol se oculta para aventurarse en las contaminadas y peligrosas aguas de la ciénaga. Van en grupos, pero cada quien consigue lo suyo y lo vende. Como testimonio silencioso del riesgo que corren, los promontorios de conchas de caracol se extienden por las orillas de Mallorquín. Material inservible por el que no se paga un peso, se pensaba antes de descubrir que puede ser utilizado en la elaboración de llaveros, adornos y una larga lista de accesorios.

A partir de ese descubrimiento, muchos caracoleros han aprendido a convertir las conchas en piezas de colección. Otros, como Boris y Émerson, dieron vida con un grupo de amigos al colectivo Ciudad Cangrejo, que incentiva la aparición de aptitudes artísticas en los jóvenes. Clubes de lectura, talleres de escritura, cursos de formación audiovisual son su aporte a la sociedad. A diferencia de los primeros no lo hacen con las uñas, sino con los nudillos, tocando puertas aquí y allá, y aunque haya que esperar, alguna se abre ante su insistencia.

Una historia diferente, pero unida por el hilo conductor de la falta de oportunidades, afrontan a diario Léider y Bryan en el suroccidente de Barranquilla. Para ellos, géneros musicales como el rap, el reguetón y la champeta han sido la salvación. Con la improvisación de letras cargadas de sentido social y ambiental como única arma de protección para atravesar a pie zonas dominadas por pandilleros y jíbaros, han iniciado un proceso de transformación con un acto sencillo: repartir bolsas de papel y pedirles a las personas atraídas por su talento que recojan la basura luego de cada presentación. Léider perteneció a uno de los grupos delincuenciales que se disputan el territorio y trazan fronteras imaginarias entre sectores hermanos, pero la música y los libros ganaron la batalla en su interior y ahora quiere que otros lo sigan.

No es mucho lo que hacen, o quizá sí, porque les permite soñar en grande: Cultura Urbana y Artes, su colectivo, se ha sumado a Ciudad Cangrejo en la ambiciosa meta de mejorar el entorno de la ciénaga de Mallorquín, que bien podría ser considerado un basurero alterno. Su primer objetivo es crear conciencia sobre la conservación del bosque de manglar con el proyecto Manglarte, por su importancia para contrarrestar el calentamiento global como sumidero de carbono. La principal amenaza es la urbanización que, con permisos en regla o sin ellos, avanza despiadada sobre los árboles. El desarrollo, que llaman. ¿Lo conseguirán estos jóvenes a punta de versos y trabajo comunitario? Nadie apuesta por ellos.