Por: Juan Alejandro Tapia

Con la etiqueta #NuncaMásEscobar, los colombianos recordaron esta semana uno de los episodios más violentos de su historia reciente, protagonizado por el que fue conocido como ‘El patrón del mal’, el ‘capo de capos’ o -en sus inicios- ‘El Robin Hood paisa’.

Veinticinco años después de su muerte a tiros en un tejado de un barrio popular de Medellín, el 2 de diciembre de 1993, la sombra de Escobar persigue todavía a los nacidos en este país a pesar de los esfuerzos por liberarse del estigma del narcotráfico, el sicariato y la corrupción. Pero, nadie puede alejarse de su propia sombra, ¿o sí?

El aniversario de la muerte del líder del Cartel de Medellín, de incuestionable interés periodístico, fue oportunamente removido por el diario El Tiempo con un especial en su edición de domigo y la viralización de su contenido a través de las redes sociales. La atracción por el que llegó a ser uno de los hombres más ricos del mundo, incluido por la revista Forbes en su famoso listado, tiene el poder de un imán con los colombianos: por unos días desvió la atención del escándalo de los sobornos de Odebrecht, que salpica la credibilidad del periódico más influyente del país.

Mientras la mitificación de la imagen de Escobar genera el rechazo público de la sociedad, las novelas y series basadas en su vida o relacionadas con la cultura narco no paran de producirse debido a sus elevados índices de consumo tanto en Colombia como en el exterior. Una pequeña muestra de la doble moral que alimentó el propio capo durante su época de gloria, que se extendió por toda la década de los ochenta: aunque era un secreto a voces el origen de su dinero, la mayoría calló y abrió la mano para recibir su tajada.

El acento indescifrable del actor brasileño Wagner Moura, en el papel de Escobar, despierta críticas y burlas por igual entre los detractores de la serie ‘Narcos’, de Netflix, con el argumento de que estos dramatizados convierten en ídolo a un criminal y forman entre los jóvenes una idea distorsionada de la realidad cruenta de aquellos años, marcada por las bombas, los secuestros y los asesinatos selectivos y de inocentes. Pero, ¿es ‘Narcos’ un mal producto solo por la elección de un extranjero para el personaje principal?, y, ante todo, ¿es posible escapar de la sombra de Escobar?

La respuesta, en ambos casos, es no. Las series de televisión requieren de historias atractivas para ‘enganchar’ a la audiencia, y la de Escobar, que está ligada a la génesis del narcotráfico como empresa multinacional, por supuesto lo es. En tal sentido ‘Narcos’, como en su momento lo fue la colombiana ‘Escobar, el patrón del mal’ obedecen a la demanda de la audiencia. Contada desde la perspectiva de los agentes de la DEA que persiguieron al capo antioqueño por las calles de Medellín y se asociaron con el Cartel de Cali y los paramilitares para conformar a los temibles ‘Pepes’, la serie es un documento audiovisual que resume, con aciertos y vacíos, la cacería del hombre que puso en jaque al Estado.

Y es que no es lo mismo la figura de Escobar que la de Gilberto Rodríguez Orejuela, jefe del Cartel de Cali, o la de tantos otros narcotraficantes, pues son los matices los que marcan la dimensión de una leyenda, así se trate de un monstruo, como en este caso. Como no es lo mismo en México la pasión que despiertan las vidas de Amado Carrillo Fuentes, ‘El señor de los cielos’, o Joaquín ‘El Chapo’ Guzmán, que las de los capos que permanecen al frente del negocio, por muy millonarios y sanguinarios que estos también sean.

Por eso no vale la pena oponerse contra viento y marea a la venta de camisetas con la cara de Escobar o a la inauguración de un bar en París que rinde culto a su ‘legado’. Igual les sucedió a los enemigos de la Revolución cubana, que debieron resignarse a ver el icónico rostro del Che Guevara con boina terciada y cabello al viento estampado en toda clase de artículos. Son, cada una a su manera, figuras que trascienden su época. No hay que olvidar que después del atentado a las torres gemelas la imagen de Osama Bin Laden también fue comercializada por los mercaderes de la muerte.

Siempre habrá alguien interesado en personalidades como la de Escobar o Al Capone, cuya leyenda no ha muerto en Chicago, y muchos encontrarán la manera de sacarle beneficio económico. La única forma de bajar esos mitos a sus justas proporciones es aprovechándolos, valiéndose de su popularidad para contar el cuento bien contado, con pelos y señales. Que la ruta turística de Pablo Escobar en Medellín, por ejemplo, no sea un negocio exclusivo de particulares, sino que guías certificados por el municipio transmitan la realidad de sus acciones. Que las series de televisión no sean las encargadas de enseñarles la historia de su país a las nuevas generaciones, sino los espacios periodísticos hoy casi inexistentes. No se esconde el Holocausto nazi ni se agacha la cabeza o se mira a otro lado. Se aprende de la barbarie.

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