Por: Juan Alejandro Tapia

Para debatir sobre el futuro de los diarios impresos, la opinión de Rodrigo, quien lleva 30 años en el duro oficio de vender periódicos en la calle, resulta tan autorizada como la de los expertos nacionales y extranjeros que a menudo son consultados en busca de salidas a la crisis, así los consejos de la mayoría de estos gurús del periodismo no sean aplicables a la realidad que se vive en las salas de redacción del país en cuanto a recursos humanos y tecnológicos.

Sentado en un taburete en la intersección de la calle 75 con carrera 49C, Rodrigo -así, sin apellidos, como lo conocen sus clientes- ve con ansiedad los carros pasar a la espera de que alguno se detenga. Son las 10:30 de la mañana y sólo ha vendido seis ejemplares de El Heraldo, dos de La Libertad y uno de El Tiempo. Con Al Día le ha ido mejor, reconoce, pero le preocupa la situación de los periódicos “grandes”, los tradicionales, porque con ellos es que ha levantado a su familia. Podría echarle la culpa al comienzo de año, engañarse con el argumento de que la gente está en otra cosa, pero la misma problemática la afronta casi a diario durante los doce meses.

“Hace unos años yo me ponía acá con sesenta o setenta ejemplares y los vendía todos. Un día como hoy solo pedí en la ventanilla doce periódicos, y a duras penas llevo la mitad. Y no creo que venda más porque después del mediodía ya nadie compra noticias viejas”, dice.

En el final de su testimonio se encuentra una de las explicaciones a la crisis de los periódicos, pero no la única. La imposibilidad de competir contra la inmediatez de la radio o la televisión era ya un inconveniente, pero internet y las redes sociales llegaron a cambiar las leyes que regían la manera de informar y de informarse. Quizá a lo que deban apuntarle los impresos en la era del individualismo y las segmentaciones ya no sea a las noticias, las cuales tienen su espacio natural en la web para no envejecer, sino a los hombres y mujeres encargados de cubrir, analizar y describir esos hechos. Copiar el modelo de Twitter e Instagram, en donde los seguidores se suman por afinidad temática o simpatía por el dueño de la cuenta. En plata blanca, cultivar las firmas de sus reporteros y convertirlos en sujetos de seguimiento o devoción. El periodista a la par o, en ocasiones, por encima de la noticia.

Con la saturación de información que reciben por todos los canales, y la credibilidad en picada del periodismo formal como contrapoder en la sociedad, los ciudadanos, en especial aquellos que viven conectados, dan prioridad al mensajero y no al mensaje. De esta situación se desprende un fenómeno como el de la posverdad, que es cuando “los hechos objetivos tienen menos influencia en definir la opinión pública que apelar a la emoción o las creencias personales”. Pero el antídoto se produce con el mismo veneno, y un ejemplo es lo que ocurre en Colombia con los trinos y columnas de opinión del periodista Daniel Coronel (no hay cabida para las discrepancias políticas en este tema y, por supuesto, los detractores de Coronel están en libertad de analizarlo a la inversa), asumidas como realidad inobjetable ya no solo por su sustentación investigativa sino por venir de quien vienen.

Para un lector devoto, la firma de su autor preferido es una droga, y para un buen lector, el manejo correcto del idioma y la calidad narrativa son imposibles de despreciar aunque las opiniones no se compartan o los hechos poco o nada interesen. Quien esto escribe devora los artículos taurinos de Antonio Caballero en los diarios capitalinos así, en lo personal, lo considere un canto a la barbarie, o las columnas de Thierry Ways -el más fino analista costeño de la realidad nacional- a pesar de no comulgar con muchas de sus posturas extremas. ¿Qué esperan encontrar los lectores de las páginas deportivas de El Heraldo cuando abren el periódico? Noticias, sí. Pero también firmas, y en especial una de ellas, la de Rafael Castillo Vizcaíno, quien por su estilo marcado es, incluso, un referente entre sus colegas de las nuevas generaciones. Si este último caso -o tantos otros que existen en el país- pudiera replicarse en cada sección o área temática de los diarios, el problema de la caducidad pasaría a segundo plano ya que el incentivo principal del comprador no sería informarse sino conocer la versión de un periodista en particular sobre un hecho. Respecto a la credibilidad, como hemos visto, ha ido mutando hasta convertirse en una elección del receptor y no en una condición del transmisor: yo escojo a quién creerle con o sin pruebas.

Eso en cuanto al ejercicio periodístico como tal, pero, ¿por qué dejar de lado el valor agregado del papel periódico como agente multiusos en los hogares? En Colombia, para no ir más lejos, es utilizado para madurar aguacates, limpiar ventanas, evitar que la pintura u otros líquidos manchen el piso y hasta para darle forma al establo donde reposarán las figuras de Jesús recién nacido, José y María en el pesebre navideño.

En mi hogar, desde que tengo memoria, también ha sido empleado para absorber la orina de los perros cuando se les da por hacer su necesidad dentro de la casa. Y fue por este motivo, y no por el interés de estar al tanto de la actualidad local y mundial -ya había leído la versión digital-, que fui a comprarle el periódico a Rodrigo y pude conocer de primera mano su historia. ¿Por qué no aprovechar esas propiedades ‘mágicas’ en vez de menospreciarlas? ¿Y si los diarios se preocuparan por llevarles a sus lectores no solo noticias veraces sino en un papel más absorbente que el actual? ¿Y si una hoja más liviana o rugosa sirviera para madurar con mayor rapidez los aguacates o limpiar mejor los cristales? Puede parecer ridículo, pero los consejos y estrategias de los gurús solo han servido para llenarles a estos los bolsillos. O si no que lo diga Rodrigo.

Él sabe que su oficio está en peligro de extinción, y no tiene una alternativa de subsistencia para cuando el día llegue. Forma parte del eslabón más débil de una cadena, la de los impresos, con su modelo y estructura actual, que tarde o temprano terminará por romperse. Lo que no sabe es que ese día puede estar a la vuelta de la esquina: sucederá cuando la pauta publicitaria en internet no sea considerada invasiva y, por consiguiente, los usuarios se detengan a verla así como Rodrigo espera que se detengan los carros frente a su puesto. Es cuestión de tiempo.