Por: Eric Palacino

Diciembre de 1994. La persona que camina tranquila, con el cabello al viento y con gesto desprevenido y que apenas deja ver su rostro, es escoltada por un séquito de hombres corpulentos que avanza como en cámara lenta. Está sudoroso, sus pasos son como pulsaciones que se evaporan en el remolino de voces que gritan su nombre. Ingresa presuroso en una carpa dispuesta como camerino. Hace un par de semanas, el 21 de noviembre, murió en la población de El Tigre, del Estado Anzoátegui, en Venezuela y en medio de un accidente aéreo, su compañero y acordeonero Juan Humberto Rois Zúñiga, “Juancho Rois”. Aunque estamos en los minutos previos a un concierto, el ceniciento cielo de la fría noche bogotana condensa una atmósfera de duelo. El Cacique reaparece en Bogotá con su nuevo acordeonero, Iván Zuleta, y la expectativa de los seguidores se concentra, más que en las facultades del nuevo compañero de fórmula, en la manera como el más exitoso artista vallenato seguirá su carrera tras la desaparición de su compadre Juancho, el hombre con el que ha logrado alcanzar la cúspide con las creaciones de decenas de éxitos musicales, entre ellos, “Título de Amor” y “26 de Mayo”.

Darío Gómez, quien precede al gran Diomedes en el concierto, termina su número con “Nadie es Eterno”, quizá por un capricho del destino que conspira y quiere darle visos de velorio a esta presentación. Del hombre algo desaliñado que ingresó al camerino sudoroso como si viniera de un largo viaje o de una pelea en un camino polvoriento, solo queda el recuerdo. El sobreviviente, el hijo de doña Elvira Maestre, el exitoso intérprete de “La Reina”, canción que completa en ese momento casi un año como líder de las estaciones radiales, surge con el cabello perfectamente acomodado, impecable y camina hacia la tarima como un héroe venido de tiempos remotos.

Se estrechan los abrazos, la algarabía inunda cada centímetro del parqueadero de Corferias de la capital. Miles de ojos que no quieren perder detalle en medio de una piquería con Iván Zuleta, Diomedes parece no respirar, las manos juntas, aferradas al micrófono como si fuese un escapulario, hasta que levanta su mano y señala un punto diminuto, pero luminoso y con un minúsculo ruido que parece venir desde los sótanos de esta noche tan oscura y sin bordes. Pasan los segundos y el punto diminuto es un avión, al que Diomedes compone un estribillo en referencia a la muerte de su compadre Juancho precisamente en un accidente aéreo.

Con el verso, la gente estalla en aplausos, una señora que está a mi lado y se protege con un plástico de la lluvia ha empezado a llorar, pero no aparta la vista del cantante que parece detener el tiempo con su fuerza hipnótica. Otro de sus seguidores sentencia que esa es la genialidad del Cacique. La lluvia ahora es aguacero y la gente inmóvil, como presa de un misterioso magnetismo, le pide al cantante que interprete la reina, una canción maravillosa que grabara al lado de Juancho Roís y se convirtiera en himno de irredentos enamorados.