Por: Eric Palacino

La poesía de este negro cartagenero enamoró a Barranquilla, con sus canciones de barberos y amerindios, a bailadores y rumberas, con sus sones apretaos, escuchados hasta el amanecer, hasta tumbar el techo en las casetas calurosas, atestadas de gente sedienta de licor. Los disfraces de marimonda y congo tuvieron cómo expresar  la policromía  de sus almas gozosas, los canutillos  y las piedras titilantes  abandonaron  los disfraces y caretas para mutarse en la sustancia, en la savia  de  sus cantos paganos.

En la noche lo visitaba la musa, lo acompañaba en el  eterno desvelo.  En ocasiones le soplaba milenarios trabalenguas, fragmentos de  añejos dialectos mandingas,  hurtados  por bucaneros y corsarios que los  escucharon a orillas  del  Níger y  en las costas  de Senegal, trasladados en sigiloso desembarco  por musculosos bantús hasta la ciudad de  mohosas murallas, para que Joe los reinventara en  las partituras invisibles que le surgían como dibujos  pintados con sinuoso humo de cigarro sobre el éter salpicado de locura que precedían  sus amaneceres.

Así nacieron sus Tumanyes,  Si So Goles y Matiaguas, música acuosa que dormitó oculta en cofrecitos perlados de óxido y olvido,  que llegó con  su rumor marino, de golpeteo de ola contra roca vestida de  corales verdes y magentas, sonidos que el  Joe reprodujo con  su voz de fauno en celo, imitando  la alegría contenida en  las notas altas de una  trompeta, las voces tribales  que esconde  un tambor y, por supuesto, los profundos  dolores que atesora  un  piano.

Sobre la simétrica  sonoridad de su inseparable clave, aventuró sonidos improbables  hasta ahora,  pero fue   respetuoso y ortodoxo en el chandé y la maestranza, su voz libertaria  gobernó a su antojo en el vasto territorio de la rumba afroantillana, en el fragor de los carnavales curramberos,  de las verbenas picoteras, de Palenque al Jorge Eliécer, de la plaza Majagual al Madison Square Garden.

Nos quedó  la impronta de su música irrepetible,  el recuerdo de  golpe de clave, la leyenda del hombre que murió  tres veces y que en la madrugada del 26 de julio de 2011 se elevó convertido  en sortilegio de gaitas, sobre el cielo caribe, tachonado de nubes incendiadas, al  lado de los alcatraces que  observaron  en su vuelo el encanto de un puñado  de barcos  adormecidos  sobre una  bahía que desnudó  los más  crudos silencios.