Por: Eric Palacino

La obra de Joe Arroyo va más allá de las diez canciones adaptadas y su secreto pudo estar en la manera como logró rehacer ritmos escondidos, en una exitosa fórmula musical enriquecida por su inigualable condición vocal

Ahora cuando se habla de los supuestos plagios del Joe, es importante considerar que más allá de los títulos enunciados en diferentes informes como; A mi Dios todo le debo, Mini Mini, Teresa Vuelve, Yamulemau, Bolobomchi, la Rebelión, Tal para Cual, y Musa Original, que no superan diez canciones, la obra de Arroyo es extensa y abarca géneros como el chandé, la maestranza, el porro, el fandango y  la salsa, entre otros a los que le dio brillo con su calidad interpretativa.

Los denominados himnos del Joe no son precisamente los mencionados en las notas- denuncias y se debe advertir que célebres números de este cartagenero son de la firma autoral del inolvidable Isaac Villanueva para las canciones El Ausente, El Árbol, El Cocinero Mayor, La vi partir o Los Patulecos, cuando Arroyo conformaba al lado de Wilson Saoco, la exitosa pareja vocal de la orquesta de Julio Estrada Fruko.

Los seguidores del Joe tenemos entre canciones icónicas,  la dedicatoria que le hizo a Barranquilla (En Barranquilla me quedo), el que se inspiró en  los bailadores, ( Pal bailador) el pregón de los trasnochadores (Centurión de la noche), el que le regaló a su viejo (El negro chombo), la melodía para su esposa (Mi Mary), también los cantos maravillosos a su hija Tania (Tania y Tania dos). De su calidad como cantante dan testimonio las grabaciones de obras espléndidas como Hasta amanecer, El Barbero, Amerindio o el Son Apretao.

Joe fue quien puso en el panorama musical del mundo cumbias, chandés y maestranzas,  la  vorágine musical de un alquimista, que se cansó de cantar éxitos salseros con el maestro Julio  Estrada y volvió al Caribe para  reinventar la rumba, para develar  arcanos y antiguos sonidos afros, para verter en un mismo caldero los cantos antillanos, los lamentos brujos lucumís y  los  pregones de zafra, rebeldes, azarosos , con rumor  marino, con ropaje de marimba  y tambora.

¿De qué está hecho el Joeson?; ¿dónde reside el hechizo de las canciones del señor Arroyo?;  ¿qué se fumó para proponer  esta  inverosímil ecuación musical?; ¿Cómo se rompió el coco para  lograr la perfecta convivencia de un  guache,  un  sintetizador, un clarinete y un güiro?; ¿ Cómo  se pudo internar en  los aires ancestrales para devolvernos una música tan frenética  y sensual,  pero a la vez vernácula y sagrada, tan gozada por rumberos, incansables habitantes de la noche; a la vez aplaudida en recintos y estudiada por sesudos investigadores  exegetas de  la corchea y la semifusa.?

Esta música que trajo Joe en los ochenta era otra cosa. De  salitroso efluvio cartagenero, cobriza y   con tibios  hálitos de  sudor de mula,  de  patio calcinado,  olorosa a  Sincelejo, a boga, a boñiga, a  gaitero, pero al mismo tiempo,  insular, de rítmicos acentos antillanos,  de piel densa y oscura, habitada por noctámbulos  duendes mulatos, burlones y obscenos que se fugaron entre flautas dulces y bombardinos, que aceptaron la invitación de Arroyo para pasearse en  cumbiones, calipsos y champetas, en  porros  y fandangos.