Han cambiado los tiempos desde los lejanos días en que escuchábamos al inacabable Rubén Darío Arcila describiendo las hazañas de la corte de escarabajos colombianos en Europa comandando por el flaco Lucho Herrera. La voz del formidable narrador, atravesaba el éter del Atlántico y llegaba hasta los radios que pegábamos a la oreja, mientras seguíamos las etapas del Tour francés y la ronda ibérica, en las pantallas de televisores donde la recién estrenada tecnología del color, nos mostraba la policromía festiva de las camisetas de Pilas Varta, Postobón y Café de Colombia.

Fueron las jornadas épicas y felices de un Herrera con el rostro bañado en sangre como estampa de su coraje y gloria, de un Fabio Parra combativo a punto de arrebatar la vuelta a España a Pedro Delgado, las jornadas en que los colombianos se pusieron de moda al lado de los Ivanov, Cabestani Laurent Fignon, Francois Bernart, José Luis Laguía, Greg Lemond, Rober Millar, Yvon Madiot o Sean Kelly.

Los seguidores colombianos se fugaban de colegios y sitios de trabajo para soñar con tener por lo menos, unos minutos de protagonismo. Esas voces portentosas de la radio, agotaban calificativos y descripciones para dimensionar los logros de nuestros compatriotas en el asfalto y son estas memorias, estos momentos mágicos los que han refrendado Quintana, Anacona, Atapuma, Chaves, Arredondo y bananito Betancourt en los últimos años.

Muchas competencias transcurrieron, quizá dos décadas, en las que los seguidores del ciclismo debieron consolarse con participaciones apenas visibles en las carreteras de Europa por parte de los pedalistas nacionales. Salvo los triunfos en etapas del Cometa Mejía, Oliverio Rincón y los esfuerzos en solitario de Santiago Botero, que logró ganar a Armstrong en una prueba al crono, el ciclismo dejó de producir emociones hasta la aparición de esta nueva pléyade que hoy disputa lugares de privilegio en las pruebas más importantes de la ruta europea.

Bajo estas consideraciones, resulta contradictorio que por momentos solo nos sirva llegar de primeros en el Giro. Como un calibrado sistema de guarismos y matemáticas predicciones, algunos comentaristas quieren anticipar la derrota de Quintana, frente a la calidad del pedalista  Dumoulin o de cualquier otro en los recorridos contra el cronometro y señalar que no tiene piernas para conservar la camiseta rosa en esta edición del centenario.

Basta recordar cómo el de Cómbita se ha sobrepuesto a predicciones funestas, a las anticipadas conclusiones que no le daban opción alguna frente al imbatible Froome en la pasada vuelta a España, para darle una luz, por lo menos una posibilidad de que pueda conseguir un nuevo título.

Son muchas las emociones que nos ha devuelto Quintana y, como olvidarlo, el gran Fernando Gaviria, un corredor que nunca soñamos en esa época de los 80 que hoy evocamos con nostalgia. En el pasado Giro estrenamos un velocista. El ciclista antioqueño que tuvo como cuna los óvalos y las pistas, ha inscrito su nombre al lado de Guido Bontempi, Eric Vanderaerden, Eddy Planckaert, Jean Van Poppel o Alessandro Petacchi.

Ha cambiado el ciclismo no hay duda, y quizá se han transformado los aficionados que antaño, celebraban a rabiar los triunfos de etapa o una camiseta de mejor en la montaña, pero que hoy advierten inconformidad. A Algunos emergentes seguidores del deporte que a diario se escribe con sudor y caracteres de hazaña, solo les sirve el primer puesto  y les parece que jugarse a diario la vida sobre la bicicleta es rutina y que estar en la élite del ciclismo mundial es poca cosa.