Por: Eric Palacino

Frente al terminal aéreo de Valledupar, se agolparon millares de seguidores. Lo esperaba un camión de bomberos, había más gente que en el Festival de la Leyenda Vallenata.

Era medio día y una brisa que llegaba desde la Sierra Nevada hecha con el canto de mil mochuelos, sacudió las copas de los almendros que rodeaban la pista del Aeropuerto Alfonso López de Valledupar. Iluminados por chorritos de luz de oro que se colaban entre el ramaje de un frondoso palo de mango, se escuchaba al compositor Marciano Martínez y a un puñado de distinguidos vallenatos que se habían reunido para esperar a uno de sus paisanos más famosos…adivinen, al propio Cacique quien después de varios meses de encierro regresaba a la libertad y, por supuesto, a su tierra natal.

La pequeña avioneta llegó al aeropuerto y la estampa inconfundible de Diomedes se asomó por la portezuela de la aeronave. Uniformados de la Policía Nacional trataron de contener a la gente que quería tumbar la malla que separa la calle, hasta que lentamente El Cacique de la Junta se abrió paso entre los seguidores y se instaló sobre la carrocería del carro de bomberos del municipio, que iniciaba un recorrido de leyenda, vitoreado por sus paisanos que en un ejercicio de catarsis, liberaban la rebeldía contenida durante largos meses en los que su rapsoda, el intérprete más cercano de sus propios amores, estuvo lejos de esa comarca blanquecina, de cielo anaranjado y vestida por vientos serranos, rebautizada esa tarde como Valle de Old Parr.

Desde el carro de bomberos, tan solo a unos metros de Diomedes, se observaba la multitud que le presentaba afiches promocionales de su más reciente trabajo “Mi Biografía”, que le alcanzaban pañuelos para que limpie el sudor de su frente y les regresara la prenda como testimonio de una jornada inolvidable. También le mostraban carátulas de sus discos más viejos donde aparecía al lado de Colacho Mendoza, hasta un hombre que apenas podía caminar le entrega sus muletas al cacique, quizá con la ilusión de que al tocarlas le trasmita la sustancia milagrosa de su recuperación.

Pero, ¿cómo? ¿Es que el Cacique también hace milagros?, le pregunto a Dinael Torres, un empresario de músicos vallenatos, quien también estaba siendo testigo de ese desfile interminable de seguidores que caminan embebidos en su propia euforia por el retorno del muchacho, del cantor campesino que nuevamente parece ganarle la partida a la adversidad.

Llevaba dos horas esperando al Cacique en su residencia. Preparé un cuestionario, quería saber de sus primeros pasos, de cómo concibió ese bello poema “Cariñito de Mi vida”, de cómo fue su niñez en la finca donde trabajaba su padre como jornalero, quería confirmar si era cierto tanto de lo que de él se decía, si era verdad que cantaba en los buses y quería saber si en verdad pintaba sus zapatos de color blanco para simular que eran tenis y si pesaban mucho los bafles que le tocaba cargar como ayudante del conjunto de los hermanos López.

Quería aventurarme casi que en un interrogatorio musical para conocer cuál era su canción preferida y cuál estaba en un tono más alto “Sin medir distancias” o “Mensaje Aventurero”, pero también quería compartirle que, además de periodista, yo era uno de sus fieles seguidores, quería contarle que cada año compraba religiosamente sus discos y que cuando yo tenía nueve años me embrujó con la canción “Bajo el Palmar”, y que todos los días por lo menos escuchaba una de sus melodías.

Estaba en medio de estas cavilaciones cuando me extendió su mano firme. Me levanté de la silla con sorpresa. El cacique me abrazó como si yo fuera otro de los amigos de su infancia que hoy quieren saludarlo, los pelados con los que robaba limones y correteaba por esos patios calcinados bajo el rigor de los interminables veranos de la junta Guajira. Le dije que era periodista del El Espacio y que me regalara una horita para hacerle una entrevista.

El Cacique soltó una risotada que inundó la sala de su casa, decorada con unos óleos terracotas y esmerados dibujos al carboncillo de donde surgen acordeones centenarios terciados por negros macizos quizás inspirados en Franciso Moscote o el maestro Alejo.

” Claro, hombre, ¡si yo soy ‘espacista’!” apunté e iniciamos un corto diálogo de apenas veinte minutos, mientras vecinos de varios rincones de Valledupar se reúnían a la entrada de su residencia, con saludos afectuosos pero también con solicitudes de ayuda para el ilustre muchacho de Carrizal.

Zuleta su compañero de fórmula, me advirtió que el Cacique no hablaba mucho y el propio Diomedes me confirma que para eso están sus canciones. Seguramente por la presión mediática derivada de la situación que apenas supera, adoptó la reserva como una condición inalterable para enfrentarse a las entrevistas. No habla mucho, pero dice mucho con sus acciones, con la atención que presta al puñado de hombres y mujeres humildes que llegan a esa misma hora para que, como en otras oportunidades, les ayude con dinero para pagar una fórmula médica o una pensión escolar.

Su calidez y sus condiciones de anfitrión hablaron muy bien del cacique fuera de los escenarios. Diomedes había saltado de las carátulas de sus discos y de los titulares de prensa, había dejado por unos instantes de ser el Rey Midas de la música colombiana para materializarse en un ser humano tranquilo, que más que sus anécdotas y su vida privada quiso compartir un sancocho de gallina, y una parranda improvisada bajo uno de los famosos palos de mango valduparenses con un extraño periodista cachaco, que para colmo de males acababa de llegar de Bogotá.

Después vendrían otros encuentros con el más prolífico interprete de la música vallenata, fuera de los escenarios, como en la celebración de uno de sus cumpleaños cuando en silla de ruedas, asistió al lanzamiento del álbum experiencias vividas en 1999, en esa ocasión vi como soportó con paciencia a los reporteros que, escondidos en el parqueadero de la casa disquera, querían tomarle fotos mientras era llevado en sus brazos por uno de los integrantes de su equipo de seguridad.

Unos días antes de su fallecimiento pude saludarlo en Sony Music con ocasión del lanzamiento de su último trabajo musical. Atento, paciente ante las preguntas que siempre se repiten en las ruedas de prensa, respondió lúcido, soltó ráfagas de inteligencia y dejó notar ese repentismo que se transformaban en dichos populares.