Con el tiempo y en medio de las dificultades miles de personas entienden que no hay imposibles, que en medio de la adversidad hay oportunidades y que esas oportunidades servirán para salir adelante.

Eso ha hecho la familia Caro Wagner, fortalecerse entre ellos para arropar de cariño y amor a uno de sus hijos, Luis David.

Luis David es un niño que nació hace 15 años lleno de salud y vigorosidad. Cuando tenía 6 meses de edad un mal procedimiento médico le provocó un paro respiratorio. Durante 4 meses permaneció en la cama de una unidad de cuidados intensivos de una clínica de Valledupar. El diagnóstico definitivo fue que Luis David, quedaría con una parálisis cerebral.

A partir de ese momento la vida de cada uno de los miembros de la familia de Luis David, comenzó a cambiar.

” ¿Quién era óscar antes que naciera Luis David? Yo pienso que era una persona totalmente diferente, que desconocía de Dios, no tenía la fuerza ni tenía la fe que hoy día tengo. Creo que ahora soy capaz de hacer muchas cosas más, como poco a poco lo he venido demostrando luego de que la llegada de mi hijo cambiara mi vida”, narra Óscar, padre de Luis David.

Luis David tiene clara su situación, tiene clara su discapacidad, pero ellas no lo han limitado.

“Es un niño inteligente que nos ha demostrado que no hay límites, que pese a su discapacidad todo lo que se ha propuesto lo ha sacado adelante. Eso nos ha llevado a comprender que la verdadera discapacidad está en nosotros, no en él. Hemos aprendido que además de las dificultades hay cosas positivas, y que son las dificultades las que precisamente nos llevan a conocer significados distintos de la vida.”

Luis David es un niño inteligente. Habla cuatro idiomas, estudia en el colegia Alemán, es deportista, toca piano y violonchelo, definitivamente es un niño especial.

“Me gusta tocar el chelo en las fiestas y aprender melodías nuevas en el piano que estoy aprendiendo ahora. En el piano me gustan las de Beethoven, en el Chelo las canciones clásicas, las sinfonías y las sonatas.”, cuenta Luis David.

Otra de sus pasiones es armar y desarmar los muñecos llamados Transformers, los mismos de las películas que a todo niño y joven, le atrapa la atención. Le gusta entrar en contacto con ellos, por eso tiene muchos en su casa, los cuales le ayudan a afinar su destreza y habilidad, tal como si fuese un trabajo manual.

“Juego con los transformes, los armo y los desarmo. Depende del Transformers que esté armando el tiempo que me demore, si es difícil demoro más y si es fácil demoro menos.”, narra Luis David.

Sus padres cuentan que a veces es impaciente con sus cosas y en especial con esto de armar y desarmar sus muñecos, por eso a su padre Óscar, le ha tocado muchas veces jugar a ser niño con su hijo, mientras que su madre y su hermana se involucran en sus entrenamientos deportivos. Es una familia.

“Yo por ejemplo le colaboro con esto de los Transformers cuando es difícil para él, cuando salimos hacer deportes, lo hacemos los dos. La niña y su mamá también están involucradas en los entrenamientos.”, Óscar.

La familia ha sido definitiva en la evolución de Luis David. El amor de su madre y de su hermana siempre ha estado ahí, ese amor filial, los fortalece día a día, siempre ha tenido la mano extendida de sus seres queridos para apoyarlo en todo lo que desea hacer, pero padre e hijo, son cómplices de las aventuras deportivas que tanto les encantan.

Ganador de torneos nacionales e internacionales

Este niño ha ganado un sin número de medallas en torneos deportivos nacionales e internacionales. Junto a su padre ha estado en 3 medias maratones, una maratón y tres triatlones.

La más reciente competencia fue en enero. Participaron en la maratón de Miami en los Estados Unidos, fueron 42 kilómetros de recorrido, un recorrido atlético que para él según cuenta fue maravilloso.

El año pasado vivió otra gran experiencia junto con su padre, participaron por primera vez en un triatlón en Santa Marta. Cuando va a bordo de la bicicleta a veces lo vence el sueño, pero despierta en el bote y cuando va navegando tiene claro lo que más le gusta de ese momento.

“A veces hay mucha brisa y mueve el bote. Que a veces sale y entra y no nada, risas, se demora mucho”, Luis David.

Son vivencias que le dejan carcajadas espontáneas de la vida, una vida que transcurre sin límites al lado de su padre, un hombre al que le tiene confianza, tanta que da hasta para burlarse inocentemente de él. “Cuando íbamos a montarnos en el bote, mi papá se cayó (risas). Cuando estábamos empezando algunas veces a mi papá le fue mal, porque él no sabía correr. Íbamos con mi tío y mi papá estaba corriendo detrás de nosotros y como no sabía correr, al otro día no podía caminar. Mi papá se ha vuelto deportista por mí.”

Para el entrenamiento es disciplinado, semanalmente cumplen ambos, rutinas extenuantes, pero saben que lo necesitan para alcanzar las metas, unas metas que no tendrán límites.

“Nosotros tenemos un entrenador que nos entrena, es de Alemania. Se llama Estefan. Mi papá tiene que nadar y correr todas las semanas y los domingos andar en bicicleta y nadar conmigo en Puerto Velero. Vamos a ir a Medellín tres días manejando bicicleta.”, cuenta Luis David.

Pero Luis David no sólo se deja atrapar por el deporte, también saca tiempo para la música. Sabe que su familia es importante, valora mucho la presencia de Dios en su vida, por eso, es normal que domingo a domingo se aliste para asistir con sus padres y hermana a la comunidad cristiana Su Majestad, donde se congrega para agradecerle a Dios, todo lo que ha hecho por él.

Lo que más me llama la atención de Luis David es su nobleza, su disposición, es una persona que está conectada con Dios. A través de él podemos ver el poder de Dios obrando en la vida de un niño. El ejecuta el piano en nuestra iglesia como ningún otro, no se rinde. Para el no hay limitación mental. Su discapacidad sin duda provocó un acercamiento de su familia a Dios. Ellos un día decidieron entregar su vida a Dios y esa fe la han depositado en su hijo.” Edgar Salinas, pastor de la iglesia Su Majestad, donde se congrega Luis y su familia.

Con fé, Luis David y su familia se han aferrado a Dios y de esta manera han podido enfrentar la vida con una nueva esperanza, con la esperanza como dice la sagrada escritura: con Cristo serán más que vencedores.

Óscar, padre de Luis David, hoy trabaja en el centro de rehabilitación infantil Fundación Luis David Caro Wagner, una fundación, que nace de la inspiración de este niño

“Es un trabajo con corazón, es un trabajo donde entendemos a los padres, porque también somos padres, es un trabajo donde hacemos las cosas con mucha ética, con mucho cariño y donde de alguna manera buscamos tener muchas opciones, un abanico de situaciones para los padres, para las familias.”

En el municipio de Soledad empezó la fundación. Se abrió con un consultorio en el que atendían médicos especialistas amigos de la familia de Luis que llegaban de Bogotá, se creció tanto la fundación que tuvieron que ampliar sus servicios y hoy tienen en Barranquilla, más de 14 consultorios y servicios de rehabilitación. Aquí se trabaja con amor de padres.

“La idea es que os niños que no puedan ir a Bogotá pueden realizarse sus estudios aquí en Barranquilla, que todos tengan oportunidades, la inspiración de todo esto ha sido Luis David… Todo eso lo hemos vivido, pero lo vivimos con mucho amor, lo vivimos con mucha alegría y pues yo creo que seguiremos haciéndolo y como digo, estoy muy feliz y yo creo que lo mejor que nos pasó a nosotros como familia, fue la llegada de Luis David”.

La historia de vida de Luis David no solo ha transformado la perspectiva de sus familiares, también impacta a todo el que la escucha y lo ve vivir.

Hacedor de tambó 

El tambor es un instrumento legendario, el sonar de los cueros a mano limpia electriza a más de uno, estremece el cuerpo de danzantes.

El Alegre y llamador, como se le conocen a dos clases de tambores tradicionales, se funden en ritmos autóctonos de nuestra región y llaman al baile, a la alegría e incluso a la espiritualidad musical.

Pero esos cueros de tambó que suenan hasta reventar, ¿de dónde salen, cómo los procesan, quiénes y cómo fabrican estos instrumentos, cómo preparan estos parches que afinados a punta de estacas dan sonidos singulares?

Saliendo de Barranquilla, a unos cuantos kilómetros, llegamos al corregimiento de 4 Bocas, jurisdicción del municipio de Tubará, una  de las poblaciones turísticas del departamento del Atlántico. A un lado de la empinada vía, nos topamos con un colorido aviso con el nombre de un santo milagroso que se llama San Martín, como reza la canción que para la época de carnaval retumba en los poderosos escaparates musicales que prenden la fiesta en las verbenas.

Y detrás de ese aviso, encontramos una familia completa, cuyos integrantes, usando sus manos, se han convertido en los hacedores de tambó más prodigiosos de la región.

Una de las primeras escenas con las que nos sorprendimos, fue protagonizada por dos hombres que tensaban con sus manos, trozos de pieles de chivo las cuales clavaban en pedazos de madera para luego someterlas a una limpieza artesanal. Esa era el primer paso para ir dejando a tono el cuero que iba a ser instalado en los vasos de madera que terminan siendo unos tambores de gran calidad.

Con la ceiba amarilla se saca el mejor ritmo

Marcos Martínez, es un hacedor de tambó,  reconocido en el Atlántico por la calidad de sus instrumentos de percusión. De la ceiba amarilla hace magia, saca ritmo con una sonoridad particular. Desde sus 14 años, este hombre ha estado en medio de la percusión, gracias al legado de su padre.

“Yo soy nativo de Tubará, un municipio indígena. Soy, como me dijo una palenquera en un viaje a Bogotá. – A este hombre yo lo conozco, ah, este es el hacedor de tambó-, (risas). Tengo 54 años y desde la edad de 14 ya yo me atrevía a armar un tambor”, expresa Marcos.

Martínez nos cuenta que lo que sabe nunca lo estudió, su técnica para la fabricación de estos instrumentos la perfeccionó como cuando uno ensaya una pieza musical plasmada en un pentagrama para sacar la mejor nota, “Lo que se lo sé empíricamente, aprendí de mi papa y del tío de mi papá que lo enseñó a él. Él fabricaba los tambores en sus ratos libres, cuando yo crecí, él me ofreció quedarme con este legado, y yo me siento orgulloso de lo que hago. No estudié pero con esto sé mucho”, narra mientras va revisando la calidad de los cueros.

Estos son tambores que destilan al ser sonados sabor a África, a las Antillas; son tambores creados desde lo más alto del Atlántico y que llegan con sus ejecutores a estar en los mejores escenarios del país y hasta del mundo.

“Los fabricamos con madera de ceiba, banco y carito. La madera la trabajamos verde, salimos temprano en un burrito que tenemos y la cortamos con motosierra, medimos los trozos de madera, los trazamos con un compás, luego los vaciamos y le damos forma por fuera, luego los traemos ya listos al taller. Llevan piel de chivo, venado, que conseguimos en el mercado. Luego lo ponemos a un día de sol y listo.”

Estos tambores además se caracterizan por su tallado perfecto, el cual también realiza Marcos con sus manos. Otro detalle que suma valor. “Para mí lo importante es que suene bien, el tallado es importante pero me preocupo más porque suene bien. Lo que le hago yo es una vanidad de la persona, el que suena no es el tallado es el cuero, pero trato de complacerlos también en eso.”

Afinación perfecta

Junto a Marcos trabajan hombres que comparten con él la pasión de darle forma a la madera, sacar de un trozo de ella instrumentos como el tambor, alegre, tambora y llamador. Uno de ellos es Adriano Félix Martínez, quien desde hace 35 años trabaja en este oficio, la cuenta de cuantos instrumentos ha fabricado ya la perdió, y la afinación de estos ya es pan comido para él.

“Al tambor lo afinan las cuñas, las cuerdas que van templando el cuero. Yo aprendí esto de mi papá, me quedó gustando y seguí pa´lante, dándole. No tengo ningún libro anotado de cuantos he hecho, ya la cuenta se perdió. Ya yo sé cuándo está afinado o no, eso se gana con la experiencia. A nosotros nos buscan porque hacemos los mejores tambores del Atlántico.”, asegura Adriano Martínez.

Madera, puntillas, bejucos, piel de chivo, machetes, cuchillos hay por todos lados en este taller. De aquí salen los instrumentos de percusión que hoy por hoy son conocidos en Colombia como los mejores.

Para los integrantes de esta familia, aportar a la industria musical con el trabajo de sus manos es algo grande. “Con lo que hago me siento feliz y contento, aunque yo mismo no lo toque, yo me siento satisfecho cuando otro lo toca. Esto ayuda a que no se caiga el legado que nos dejó el viejo… Para mí este taller es todo, de aquí devenga mi sueldo. Es como si fuese una empresa”, expresa uno de ellos.

En la industria local de instrumentos de percusión folclórica, el nombre de Marcos Martínez, el hacedor de tambó, es garantía de calidad.

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