Amalín de Hazbún, la reconocida Aguja de Oro, ya después de cinco años de haber vencido la enfermedad, se ríe del momento en que el médico le informa que padecía de un cáncer de seno. En ese instante reconoce que internamente sintió un golpe muy duro pero sacó fuerzas para enfrentar la situación y para comunicar la noticia a sus hijos.

Asegura que se sintió confrontada con la muerte y más cuando venía de perder a su hija Mayra, quien falleció de leucemia. Dice que siempre ha sido una mujer valiente y esa misma valentía la puso a prueba en ese momento de su vida.

“El día que llegue al médico, que me hicieron la biopsia, me dijeron que estaba enferma y al darle la noticia a mis hijos, se pusieron transparente del miedo y yo sonriendo y muy fortalecida les dije que no se pusieran así, que ella había sembrado árboles, que ya había hecho mucho en esta tierra, que estaba dejando un buen ejemplo, que no era inmortal y que por esa razón algún día tenía que morir”.

Palabras enérgicas para unos hijos que siempre han vivido aferrados a su madre, pero ella consideraba que en ese momento difícil, lo mejor era asumir una actitud positiva, ser mentalmente muy fuerte para superar ese problema, y así lo hizo.

El tumor que le detectaron a través de una consulta médica con un oncólogo y una biopsia, por fortuna estaba encapsulado pero fue necesario operarla. No le hicieron quimioterapia y los mismos médicos que la trataron se sorprendieron por la manera en que enfrentó la enfermedad y por la recuperación que tuvo.

“Al día siguiente que me operaron, estaba yo en la clínica y llegó el médico a valorarme y una de las recomendaciones que da es que no podía levantar el brazo izquierdo. Me dijo: Amalín, no puedes estar levantando el brazo porque estás recién operada y te puede molestar. Y yo le pregunté: cuál brazo doctor, este? Y le alce el brazo y ese médico me ha pegado un regaño pero yo me moría era de la risa de verle la cara al médico”

Los médicos le dieron de alta y la mandaron a casa, pero no se quedó allí, siempre buscaba algo para hacer, para crear, para diseñar y hasta para distraerse. Recuerda que estando en su casa con catéter puesto un día salió a cantar con sus amigas y otro día se fue para el taller a trabajar.

No fueron necesarias las quimioterapias pero si las radioterapias. En total fueron 30 las que le practicaron pero eso no fue impedimento para crear con sus manos y con su mente las obras de arte que plasma en cada pedazo de tela.

Considera que la enfermedad la venció con la buena actitud, con el amor que irradia, con la actitud vanidosa que la caracteriza porque siempre anda bien maquillada, y también entendió en medio de este proceso, que las adversidades son necesarias para un ser humano.

Hoy enfrenta la vida con mucho más optimismo, con la misma elegancia, con una mente mucha más creativa para seguir haciendo de este trabajo, la mejor terapia del mundo, la terapia que le sigue brindando vida y amor.

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